1 – La existencia humana
es un crimen contra la humanidad.

2 – Un ejemplo de esta incomunicación
la encontramos en el siguiente caso:
la palabra para árabe
en el idioma árabe
es al-`arabiyya
que traducido al castellano
quiere decir exactamente
: la lengua más elocuente.
Dicha palabra ha derivado
sin embargo
a la siguiente palabrita:                algarabía.

3 – ¿Acaso no es la vida sino
un reality con las cámaras del Estado?

4 – Noticia de último minuto:
Hinzpeter no es Hinzpeter
es el Kramer haciendo de Hinzpeter.

5 – Lo que yo creo
es que el universo
básicamente
se ha estado
masturbando
con una foto de sí mismo.

Lo único que era capaz de sentir en ese momento eran unas ganas horribles de pegarle al viejo culiao pequeño-burgués del banco que discutía y discutía con la cajera que le dice y le repite que el depósito no está listo. Pero cómo es posible, decía el tipo, si la universidad que yo te digo es un monstruo, no es posible que eso haya sucedido. Señor, le repito que no me aparece en el sistema, que el sistema es lo que manda. Lo que manda es la plata, m’ijita, contestó, así que ahora llame a su encargado. Un idiota. Me imaginé yendo en dirección a él, diciéndole una o dos palabras rápidamente elegidas, y a continuación me vi golpeándolo. A pesar de que yo no soy ningún Hércules, el tipo tenía algo así como 40 ó 45, así que la tarea parecía sencilla. Tampoco tenía la pinta de ser uno de esos viejos de 40 ó 45 de los cuales uno puede a veces sentir algo de temor. De una u otra forma, era como poner a pelear a un obrero de la construcción con un secundario del Saint George. Una revancha histórica. Lo imaginé pero no lo hice. ¿Por qué no lo hice? Todavía no encuentro una respuesta que me parezca convincente. El tipo de atrás, un rato después, se puso a bufar. Nunca en mi vida había visto a una persona bufar, pero en ese momento, cuando lo vi, supe inmediatamente que él estaba bufando. Eso es lo interesante de la mente humana.

La universidad es un monstruo. No podía sacarme de la cabeza esa frase. Me parecía una frase irónica, por sobre todo. Y la mujer, por su parte, enunciaba la predominancia del sistema, sin siquiera entender las implicaciones de tal declaración. La fila avanzaba con lentitud debido a que de las únicas dos cajas que atendían al público general, una se encontraba cerrada por razones desconocidas y la otra estaba estancada hacia unos cinco minutos. Además, en el banco el tiempo tiene otro pulso. Se lo siente tosco, denso, casi pegajoso. El tipo de atrás bufaba. Hacía ese sonido con la nariz, una especie de respitación fuerte e intencionada, como la toro frente al torero en las películas. Y para este bufador, el capote era precisamente el sistema, el banco, el tiempo, las personas que estaban delante de él, incluido yo. El mundo entero era un capote enorme, rojo y flameante. Ahí tienen una nueva palabra, niños: capote. Búsquelo en internet.

1. A pata y poto pelaos
transitando a través del horrorífico
túnel conducente a
la imagen torcida de uno mismo.

2. Si no se hubiera suicidado
Lira no tendríamos
que estar aquí
quemándonos las pestañas.

3. El plan consiste
en hacerse indeseable
para los lectores.
En hacer repulsivo
por tanto
el ejercicio de la lectura.
La imaginación debe retratar al lector
huyendo desesperado a través de la Alameda
en busca de un oasis artificial.

4. Darle:
El palo al gato
El alma al diablo
La mano al patrón
El culo al curita.

Las formas más efectivas del ascenso social.

5. Agarrar la vida cómo venga.
No quejarse. No llorar.

1 – Está la idea -heredada de una mala interpretación de las vanguardias, que lo buscaban realmente era acabar con el arte- de que escribir es un ejercicio que consiste en ‘dejarse llevar’. El acto de dejarse llevar o ir, sin embargo -incluso por uno mismo, diría yo-, es en realidad un acto colmado de idiotez. La espontaneidad en la literatura, salvo en casos muy excepcionales, es siempre un signo de mediocridad, de conformidad con el estado de cosas. No hay algo así como un uno mismo que no sea al mismo tiempo la experiencia social en su totalidad, con todas las contradicciones que esto implica. La transparencia del individuo, en este sentido, es la opacidad del pensamiento. ¡Déjate llevar!, de este modo, deja de ser una consigna estética para ser un mero eslogan publicitario aplicado al campo de la cultura. ¡Déjate llevar y reproduce el capitalismo!, es el tipo de invitación a la irreflexividad y la connivencia con el sistema social dominante -una invitación, por cierto, nada de espontánea.

2 – Y es así como tenemos las relaciones sociales pasivo-agresivas que tenemos. Y es así como tenemos el sentido común triste y bobalicón que tenemos. Y es así como tenemos el arte cándido y arribista que tenemos.

3 – La miseria y la vulgaridad que, de algún modo, sostenemos, está contenida en esa idea. Es contra esa idea, es contra ese mundo que está tanto adentro como afuera de esa idea, que tenemos que luchar. No hablaré de pensamiento crítico, ya que actualmente ese término hace referencia a una mera posición dentro del mercado de las universidades privadas. Habría que usar otro término, al menos por un tiempo, para azotar al sentido común. Un término monstruoso, idealmente indecible, que salga de las entrañas y de lo oscuro de la sociedad. Una palabra que contenga los valores de la basura, que sea sucia y que huela mal, que nadie -sobre todo la clase acomodada, por un momento incómoda- la quiera cerca, que sea imposible de incorporar por los publicistas y/o el pensamiento marketero. Pero sería otro ejercicio vano, otra piedra contra el guanaco. Más de algún artista alternativo metería la palabra en sus obras, la llevaría a Europa y la vendería a cambio de algunos euros. Se acostaría con modelos y les diría esa palabra al oído para provocarles un orgasmo lleno de exotismo. Se vendería a sí mismo y con ello a todo un país. “Nadie está libre de venderse a sí mismo”, diría en entrevista con El Mercurio, desde Francia, como un Alexis Sánchez del arte. El capitalismo tiene los dientes afilados y está siempre listo para comerse lo nuevo, todo lo que sea potencialmente crítico (Marcuse dixit). Todos hemos imaginado a Camila Vallejo convertida en política oficial, en la Bachelet del 2030 ó 2040. Todos sabemos cómo son las cosas cuando no hacemos nada por cambiar las cosas.

4 – Contra esa idea, y a favor de un mundo nuevo.

And you won’t find me singin’ on this song when I’m gone
So I guess I’ll have to do it while I’m here
Phil Ochs

1

Sana, sana.
Potito de rana.

Yo empiezo a escribir un poema
y ella cuida del cachorro
enfermo
tendido sobre la cama
tendida sobre el piso.

La música suena nítida
mientras abandono otra actividad
para buscar el poema
que me trajo dentro de la casa
para escribir este poema.

Sana. Sana. Sana.

Es un poema de nada
De la nada haciéndose algo.

Un truco
mísero
de prestidigitador cesante.

Pobre aparición
oh lector
la que te traigo.

2

El sindicato de poetas
me destituirá
de su religioso reino
por usar el vernáculo
y por no usarlo
por lo grave
y lo poco serio
por lo social
y por lo antisocial.

Todos los repudios
recaerán sobre mí
con justicia.

Yo aceptaré mi culpa
todos hemos hecho un juramento
sólo con nacer aquí.

A no olvidar.
que los símbolos patrios son tres:
la bandera
el escudo
y la canción nacional.
Que el 18 de septiembre
se celebra la Primera Junta Nacional de Gobierno
encabezada por Don Mateo Toro y Zambrano.
También conocido por ser el goleador
(con 7 anotaciones)
del glorioso Magallanes del ‘49
que ganó la final de la Copa del Pacífico
con gol de Méndez
triunfo que no está demás decir
nos brindó nuestro primer título internacional
(y así se dejan de pelear por hueás, por favor)
mucho antes del Colo-Colo de Jozić
y la U. de Chile de Sampaoli.

Mucho pero mucho antes.

Padre
he pecado.
De nacer
he pecado y
-todo a su debido tiempo-
morir merezco.

ya nadie lee los blogs de nadie. y si los leen lo hacen descuidadamente y en silencio, al fin y al cabo es un puro blog. y está bien en realidad. salvo contadas excepciones, a un blog no se le puede tomar en serio. qué es eso de andar ventilando las reflexiones, los sentimientos, los acontecimientos como si nada, por puro exhibicionismo. y es como si las únicas opciones fueran o moldear todo lo escrito según la banalidad impuesta por el formato o pasarse directamente hacia el intimismo pequeñoburgués, hacia la particularidad sin universalidad. ni siquiera lo digo como una queja en realidad, es una mera constatación del estado de la cuestión. reviso los blogs que conozco y casi nadie le comenta cosas a casi nadie. me meto a mi blog esperando algún comentario. un insulto que sea, una chuchá injustificada. pero finalmente lo entiendo. ni siquiera yo me hago el tiempo. prefiero ver una película o leer algo de alguien conocido que andarme arriesgando a leer comentarios insulsos, desabridos, desganados, tartamudos. de nadie para nadie.

1 – niños controlados por el marketing controlando a sus padres también controlados por el marketing creyendo tener el control de sus vidas marketeras porque sus hijos sarcásticamente se disfrazan de zombies. en el barrio alto, supongo, todos se disfrazan de vampiro.

2 – y es que hay que darle el gusto de vez en cuando a los niños pues no ve que o si no después le reprochan a uno que no se le dió todo: “esa vieja culiá nunca me quiso comprar el super nintendo con el mario tres”, “esa maraca prefería comprarse zapatos o chalas o botas”, dicen. pero m’ijo cómo dice eso si yo casi me negué a mí misma por darle los estudios, mire que eso es lo único que se le puede dejar, tiene que ir y responderle uno. los estudios y los juanetes, en el mejor de los casos, el resto se lo lleva todo la corriente incesante del tiempo. el resto es un azote oscuro que se devuelve como un elástico pero en un momento que uno desconoce.

3 – por eso, hay que andarse consumocuidado. las metáforas son las mismas de siempre. querer ser original es otro bien de consumo. es el consumo de identidades, el consumo en el que navegan ya no los pobres sino los que por hastío de tenerlo todo se buscan en una marca exclusiva, en una comida exótica, en una lucidez efímera. intelectuales televisivos, periodistas que escriben las novelas y las historias que la burguesía quiere escuchar para sublimar sus culpas, para gozarse en el reflejo de sus realidades particulares, para darse la idea de que son el universo en todo su espesor y algo más.

4 – todos los días es halloween.

Llevaba cesante casi cuatro meses y no me quedaban ahorros. Había ido a una entrevista de trabajo y la había boicoteado. Luego de responder a un par de preguntas acerca del currículum, se nos había entregado un cuestionario en el que se nos planteaban varias situaciones. ¿Qué haría usted si un cliente pierde el conocimiento?¿Qué haría usted si una compañera lo invita a salir?¿Cómo describiría Chile en pocas palabras?¿Qué piensa del Transantiago? No había podido evitar responder con sarcasmos. Sabía que no me llamarían así que simplemente me levanté de mi lugar y salí de la sala. Ahora iba de vuelta a casa por el Parque Balmaceda, recordando los tiempos en que vivía cerca y podía salir a caminar con frecuencia. Hace rato había perdido ese hábito, en parte por desidia y en parte porque caminar por la calle San Francisco de noche no era lo que uno llamaría un impulso anímico. No sólo no olvidaba mis problemas personales sino que además recordaba los problemas del resto. Me sumía en los rostros estáticos de los trabajadores mientras están haciendo la fila en espera de la micro, en las manos de las inmigrantes peruanas que se mueven incesantemente para tener listas las sopaipillas lo antes posible, en los gatos que lo contemplan todo con elegante indiferencia. Envuelto en esas imágenes me devolvía a la casa y planeaba el recorrido del día siguiente, una lista de lugares a los que iría a presentarme. Fumaba un cigarrillo mientras veía la televisión sin volumen y con música de fondo. Los días, colmados de cálculos sobre el futuro, transcurrían lentamente.

Y no sólo había rechazado el trabajo, sino que además había gastado ocho mil pesos en comprarme un libro. Había regateado con el vendedor, un viejo librero dedicado a la venta de poesía –el tipo de negocio que inspira lástima y a la vez curiosidad. Sabía que, dentro de un mes como máximo, esa plata sería vital. En ese instante, lejos de todo arrepentimiento, caminaba por el parque leyendo las primeras páginas del libro. Pensaba en el librero. En su vida que presentía feliz. Lo imaginaba en su tiendita, encerrado entre cientos de libros, autárquico en la lectura de poetas chilenos que nadie necesitaba conocer. Esa muchedumbre invisible de escritores nóveles, eternos principiantes enfrentados al fracaso. Pensaba en las vidas de esos poetas, que como este librero, ahora también estarían a cargo de un negocio sin destino. Ahora serían panaderos o guardias, profesores o jornales. Yo también escribo poesía, me interrumpió en un momento el viejo. Me contó que había participado de infinitos recitales a lo largo de todo Chile, donde conoció a los más importantes vates nacionales. Los había visto transitar, sin rencor alguno, desde la más completa oscuridad hasta el más brillante reconocimiento público. La mayoría de ellos lo había olvidado, otros lo iban a ver a la librería de vez en cuando. Me había hablado bien de todos.

En eso pensaba cuando llegué a la esquina de Salvador. Levanté la vista un momento para esperar el cambio del semáforo y, mientras estaba allí, absorto en imágenes y palabras incoherentes, me di cuenta que alguien me estaba hablando. Oye, me decía, oye, tú. No me di por aludido hasta que noté que no había nadie más. Oye, me repitió la mujer, que se encontraba tendida en el pasto junto a una niña de unos trece años. ¿Qué calle es esta?, me dijo cuando la miré. Sorprendido por la pregunta, olvidé que se llamaba Salvador e hice un gesto de incomprensión con el rostro, dándome tiempo para así recordar mientras ella me volvía a hacer la pregunta. La mujer parecía tener unos cuarenta años y su aspecto era algo estrafalario por lo que era casi imposible saber de qué tipo de persona se trataba o en qué situación se encontraba. Ésta, me dijo, señalando la Alameda. Esa es la Alameda, le dije, sin haberme repuesto completamente del asombro. En realidad es Providencia, dije, que luego pasa a llamarse la Alameda. Desde la Plaza Italia hacia abajo es la Alameda. En ese momento, y por un motivo que aún no comprendo, ella cambió la forma de referirse a mí y me comenzó a tratar de usted. Como no respondió, le volví a repetir que era Providencia y que la Alameda estaba cerca, que se podía ir caminando. La seguí mirando durante unos segundos y ella también a mí. Sólo la curiosidad me mantenía ahí. La niña parecía completamente desinteresada. Jugaba con su pelo mirando hacia otro lugar. La mujer, reaccionado antes que mí, me preguntó cómo salir de Santiago. Me lo dijo tal cual. Oiga, y cómo se sale de Santiago. Tienes que ir al terminal, le dije, tienes que tomar una micro que te lleve al terminal de buses. En ese momento la niña se rió, todavía sin mirarme, y me dijo que así no, que cómo se salía de Santiago a dedo. La mujer más vieja también se lanzó a reír. A dedo, repitió, hay que salir a dedo, y se quedó mirando hacia la niña como si toda la conversación hubiese sido en realidad con ella.

El semáforo estaba parpadeando y crucé rápido. Ni trotando ni corriendo, sólo rápido. Me senté en un banco, guardé el libro en la mochila y armé un cigarrillo. Seguí caminando hacia abajo. La estatua de Balmaceda se levantaba desafiante hacia la otra mitad de Santiago. Se lograba divisar la iglesia San Francisco.

***

No sólo estaba yo cesante, estaba cesante todo lo que me rodeaba o se refería a mí. El horario, el refrigerador, los platos, el baño. No quería estar en mi casa y no podía estar en otro lado. Me había sobrado arroz del día anterior, y acompañado de una mancha de soya me ayudó para engañar los sentidos. Después de comer, me tendí en el sofá a leer y luego de un rato me quedé dormido. Había perdido la costumbre de levantarme temprano y últimamente me despertaba a eso del mediodía. Soñé con mi madre. Era una mujer vieja y su rostro estaba colmado de arrugas. Sus rasgos, si bien cansinos, revelaban a una mujer que, a su modo, parecía satisfecha con su vida. Me decía que iba a volver al sur. Entendía que mi padre había muerto y por eso se retiraba a su tierra natal. Se iba a morir. Yo no sentía pena. Por el contrario, admiraba su valor. Me despedía de ella en el patio de nuestra vieja casa, le daba el que podía ser el último beso. Desperté justo en el momento en que comenzaba a sonar el citófono y me acerqué a responder. Eran casi las ocho y ya se había oscurecido. Un hombre, con voz ronca pero amable, me saludó. Me pidió disculpas por haberme molestado tan tarde. Disculpe, sabe que vengo recién saliendo de la Penitenciaría después de cinco años y no he tenido relaciones en todo este tiempo y me dijeron que por aquí había algo. Un poco extrañado, le dije que era más hacia la Alameda, un poco antes de la esquina con San Francisco. Luego de un par de preguntas, me agradeció las indicaciones y colgó el auricular. Sentí ganas de salir a mirar por la ventana para saber quién era pero me contuve. Un par de segundos después abrí las ventanas y miré hacia la Alameda. No se alcanzaba a ver casi nada, una densa niebla lo impedía. Me puse una chaqueta y salí a caminar. En las calles, aún quedaban indicios de las últimas protestas. Un extraño presagio habitaba las cosas.

Había sido un día
gobernado por la insensatez:
la mía y la del resto.

Estaba cesante
y la plata escaseaba.

La vecina loca del edificio
-que nos apodaba los rabiosos del 41-
había fallecido sin que
apareciera nadie cercano a ella.

La velamos entre los vecinos.

A la mayoría
era la primera vez que los veía
y eso que llevábamos
casi nueve meses viviendo
en ese departamento.

Era extraño estar ahí
en medio de esas personas.
Era como si se hubiesen
caído todos los muros interiores
del edificio y se hubiesen
cerrado las puertas
y perdido todas las llaves
y se hubiesen caído las líneas
telefónicas y el internet.

Todo al mismo tiempo.

Salimos a comprar unas cervezas
ante el espanto de algunos
y en el camino conversamos
de todo excepto de la muerte.

la angurri
la obsesión dialéctica
la mal parida
o como diría Lira
mal hecha poesía.

la execración
la secreción del secretismo
la profanación del instante sagrado
que se escabulle que
siempre se va.

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