Llevaba cesante casi cuatro meses y no me quedaban ahorros. Había ido a una entrevista de trabajo y la había boicoteado. Luego de responder a un par de preguntas acerca del currículum, se nos había entregado un cuestionario en el que se nos planteaban varias situaciones. ¿Qué haría usted si un cliente pierde el conocimiento?¿Qué haría usted si una compañera lo invita a salir?¿Cómo describiría Chile en pocas palabras?¿Qué piensa del Transantiago? No había podido evitar responder con sarcasmos. Sabía que no me llamarían así que simplemente me levanté de mi lugar y salí de la sala. Ahora iba de vuelta a casa por el Parque Balmaceda, recordando los tiempos en que vivía cerca y podía salir a caminar con frecuencia. Hace rato había perdido ese hábito, en parte por desidia y en parte porque caminar por la calle San Francisco de noche no era lo que uno llamaría un impulso anímico. No sólo no olvidaba mis problemas personales sino que además recordaba los problemas del resto. Me sumía en los rostros estáticos de los trabajadores mientras están haciendo la fila en espera de la micro, en las manos de las inmigrantes peruanas que se mueven incesantemente para tener listas las sopaipillas lo antes posible, en los gatos que lo contemplan todo con elegante indiferencia. Envuelto en esas imágenes me devolvía a la casa y planeaba el recorrido del día siguiente, una lista de lugares a los que iría a presentarme. Fumaba un cigarrillo mientras veía la televisión sin volumen y con música de fondo. Los días, colmados de cálculos sobre el futuro, transcurrían lentamente.
Y no sólo había rechazado el trabajo, sino que además había gastado ocho mil pesos en comprarme un libro. Había regateado con el vendedor, un viejo librero dedicado a la venta de poesía –el tipo de negocio que inspira lástima y a la vez curiosidad. Sabía que, dentro de un mes como máximo, esa plata sería vital. En ese instante, lejos de todo arrepentimiento, caminaba por el parque leyendo las primeras páginas del libro. Pensaba en el librero. En su vida que presentía feliz. Lo imaginaba en su tiendita, encerrado entre cientos de libros, autárquico en la lectura de poetas chilenos que nadie necesitaba conocer. Esa muchedumbre invisible de escritores nóveles, eternos principiantes enfrentados al fracaso. Pensaba en las vidas de esos poetas, que como este librero, ahora también estarían a cargo de un negocio sin destino. Ahora serían panaderos o guardias, profesores o jornales. Yo también escribo poesía, me interrumpió en un momento el viejo. Me contó que había participado de infinitos recitales a lo largo de todo Chile, donde conoció a los más importantes vates nacionales. Los había visto transitar, sin rencor alguno, desde la más completa oscuridad hasta el más brillante reconocimiento público. La mayoría de ellos lo había olvidado, otros lo iban a ver a la librería de vez en cuando. Me había hablado bien de todos.
En eso pensaba cuando llegué a la esquina de Salvador. Levanté la vista un momento para esperar el cambio del semáforo y, mientras estaba allí, absorto en imágenes y palabras incoherentes, me di cuenta que alguien me estaba hablando. Oye, me decía, oye, tú. No me di por aludido hasta que noté que no había nadie más. Oye, me repitió la mujer, que se encontraba tendida en el pasto junto a una niña de unos trece años. ¿Qué calle es esta?, me dijo cuando la miré. Sorprendido por la pregunta, olvidé que se llamaba Salvador e hice un gesto de incomprensión con el rostro, dándome tiempo para así recordar mientras ella me volvía a hacer la pregunta. La mujer parecía tener unos cuarenta años y su aspecto era algo estrafalario por lo que era casi imposible saber de qué tipo de persona se trataba o en qué situación se encontraba. Ésta, me dijo, señalando la Alameda. Esa es la Alameda, le dije, sin haberme repuesto completamente del asombro. En realidad es Providencia, dije, que luego pasa a llamarse la Alameda. Desde la Plaza Italia hacia abajo es la Alameda. En ese momento, y por un motivo que aún no comprendo, ella cambió la forma de referirse a mí y me comenzó a tratar de usted. Como no respondió, le volví a repetir que era Providencia y que la Alameda estaba cerca, que se podía ir caminando. La seguí mirando durante unos segundos y ella también a mí. Sólo la curiosidad me mantenía ahí. La niña parecía completamente desinteresada. Jugaba con su pelo mirando hacia otro lugar. La mujer, reaccionado antes que mí, me preguntó cómo salir de Santiago. Me lo dijo tal cual. Oiga, y cómo se sale de Santiago. Tienes que ir al terminal, le dije, tienes que tomar una micro que te lleve al terminal de buses. En ese momento la niña se rió, todavía sin mirarme, y me dijo que así no, que cómo se salía de Santiago a dedo. La mujer más vieja también se lanzó a reír. A dedo, repitió, hay que salir a dedo, y se quedó mirando hacia la niña como si toda la conversación hubiese sido en realidad con ella.
El semáforo estaba parpadeando y crucé rápido. Ni trotando ni corriendo, sólo rápido. Me senté en un banco, guardé el libro en la mochila y armé un cigarrillo. Seguí caminando hacia abajo. La estatua de Balmaceda se levantaba desafiante hacia la otra mitad de Santiago. Se lograba divisar la iglesia San Francisco.
***
No sólo estaba yo cesante, estaba cesante todo lo que me rodeaba o se refería a mí. El horario, el refrigerador, los platos, el baño. No quería estar en mi casa y no podía estar en otro lado. Me había sobrado arroz del día anterior, y acompañado de una mancha de soya me ayudó para engañar los sentidos. Después de comer, me tendí en el sofá a leer y luego de un rato me quedé dormido. Había perdido la costumbre de levantarme temprano y últimamente me despertaba a eso del mediodía. Soñé con mi madre. Era una mujer vieja y su rostro estaba colmado de arrugas. Sus rasgos, si bien cansinos, revelaban a una mujer que, a su modo, parecía satisfecha con su vida. Me decía que iba a volver al sur. Entendía que mi padre había muerto y por eso se retiraba a su tierra natal. Se iba a morir. Yo no sentía pena. Por el contrario, admiraba su valor. Me despedía de ella en el patio de nuestra vieja casa, le daba el que podía ser el último beso. Desperté justo en el momento en que comenzaba a sonar el citófono y me acerqué a responder. Eran casi las ocho y ya se había oscurecido. Un hombre, con voz ronca pero amable, me saludó. Me pidió disculpas por haberme molestado tan tarde. Disculpe, sabe que vengo recién saliendo de la Penitenciaría después de cinco años y no he tenido relaciones en todo este tiempo y me dijeron que por aquí había algo. Un poco extrañado, le dije que era más hacia la Alameda, un poco antes de la esquina con San Francisco. Luego de un par de preguntas, me agradeció las indicaciones y colgó el auricular. Sentí ganas de salir a mirar por la ventana para saber quién era pero me contuve. Un par de segundos después abrí las ventanas y miré hacia la Alameda. No se alcanzaba a ver casi nada, una densa niebla lo impedía. Me puse una chaqueta y salí a caminar. En las calles, aún quedaban indicios de las últimas protestas. Un extraño presagio habitaba las cosas.